Te moriste, supongo, tan callado como vivías. No sé si te habrás llevado las cartas para jugar un solitario, o una de esas novelas de Lafuente Estefanía. Sólo espero que no te aburras.
Te moriste como quien dice hasta luego y yo me quedé desconcertada a 8.600 kilómetros de distancia. Preguntándome cuándo coño nos habíamos hecho tan viejos.
Libros que afortunadamente existen I
“Llegó al cuarto de Marcos después de entrar en todas las habitaciones de la casa y darse cuenta de que no eran el cuarto de Marcos.
Marcos cerró el libro al ver entrar a Lucas. A éste le gustó mucho el gesto; de hecho, creía que era importante lo que tenía que decirle y que merecía que cerrase el libro. Se sentó en la cama y esperó a que Marcos le preguntara. Marcos le preguntó a ver si quería decirle algo.
- Ando soñando cosas raras, Marcos –dijo al final.
- Qué cosas raras
- Ando soñando que Rosa está muerta.”
Un tranvía en SP
Unai Elorriaga
De todos modos, en esto consiste la amistad, ¿no? En asistir a caídas y reinicios, a conversaciones cíclicas y a cambios lentos, LENTOS (de años) con fe ciega. Siempre que no te hagas pupa allí estaré. Siempre que empieces con fe seré la primera en aplaudirte. Siempre que le des al botón de reiniciar te agarraré la mano, que para eso están las amigas.
Me gusta sentirme lo suficientemente importante y eficiente como para regalarme un café de un minuto. Me gusta bastante mi despacho, esto lo descubrí hoy caminando hacia el trabajo. Me gusta cuando llueve un poco por las mañanas en México porque me recuerda a una Compostela con menos lluvia. Y los domingos de sol y los parques plagados de niños, porque en México otra cosa no, pero niños hay a mansalva.
Me gustaba el viejecillo que preparaba los zumos de toronja en mi calle, aunque ahora parece que se está tomando un descanso. Y la señora Guadalupe, que tiene una voz aguda como de cajeta. Me gusta la gente que te sonríe con los ojos y que cría arruguitas alrededor de la mirada.

tortellini con ricotta y tartas de manzana.









