Caras de Metro

por carracuca

La gente está triste en el Metro de Madrid. A eso de las diez de la mañana (deberían ser las nueve y media, por eso de llegar con tiempo, pero en fin) abundan las caras largas en los vagones. Los supuestos ejecutivos de traje, las hipotéticas diseñadoras gráficas, los que yo creo albañiles, llevan el gesto mustio y el cuerpo encogido como en un signo de interrogación.

Yo no entiendo este clima depresivo. Al Metro (a la calle, en general) se baja a hacer gestiones, pero de casa se debería salir también para respirar, curiosear, para llenar nuestras escombreras interiores con eso de ‘Mal de muchos…’. Y en lugar de abrirnos un poquito al mundo, vamos y nos acurrucamos en un asiento de plástico, bien protegidos por un iPod, un periódico gratuito o los brazos cruzados, mirada torva y aire arisco.

Y me da pena. En mi vagón yo me sacio de vida ajena, me invento una historia para cada par de zapatos y escribo, por lo menos, un cuento. ¿En qué pensáis vosotros, gente triste del Metro?

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