Por qué no me gustan los aeropuertos.

por carracuca

Tengo amigos apasionados de sus suelos encerados y de las maletas rodando, que toleran los controles de seguridad y las cafeterías impersonales. A mí me provocan más o menos el mismo hormigueo en la barriga que la piscina llena de cloro y aquella monitora feroz cuando tenía 10 años. Son sitios de emociones, me dicen. Significan grandes cosas, me dicen. Todos hablan de la terminal de llegadas y sus reencuentros, pero yo solo pienso en la terminal de salidas, en la escena del otro día, con ese chico de mi edad que arrastraba la maleta mirando fijamente al suelo mientras de pie, en el suelo encerado, lloraba su madre, su padre, su hermana pequeña, con lagrimones como de cristal. No como se llora en una despedida de un Erasmus o de una aventura, sino como se llora en un desgarro.

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