por carracuca

La primera vez que Aura y yo viajamos a París, unos cinco meses después de que se mudara conmigo, ella quería ir al Jardin des Plantes para ver a los ajolotes de Cortázar más que cualquier otra cosa. Aura había estado en París antes, pero había descubierto el cuento de Cortázar recientemente. Uno hubiera pensado que la única razón por la que habíamos volado a París era para ver a los ajolotes, aunque en realidad Aura tenía una entrevista en la Sorbona porque estaba considerando dejar Columbia. Fuimos al Jardin de Plantes durante nuestra primera tarde y pagamos para entrar a su pequeño zoológico del siglo diecinueve. Frente a la entrada de la casa de los anfibios, o vivarium, había un cartel con información en francés sobre los anfibios y las especies en peligro de extinción, ilustrado con la imagen de un ajolote de branquias rojas en perfil, mostrando la alegre cara extraterrestre y los brazos y manos de mono albino. En el interior, los tanques formaban una fila que bordeaba la habitación, pequeños rectángulos iluminados, empotrados en las paredes, cada uno enmarcando un hábitat húmedo un tanto diferente: musgo, helechos, rocas, ramas, estanques. Fuimos tanque por tanque, leyendo las cédulas: había varias especies de salamandras, tritones y ranas, pero ningún ajolote. Recorrimos la habitación de nuevo, en caso de que no los hubiéramos visto. Al final, Aura fue donde se encontraba el guardia, un hombre uniformado de edad adulta, y le preguntó dónde estaban los ajolotes. El hombre no sabía nada de los ajolotes, pero algo en la expresión del rostro de Aura pareció darle qué pensar y le pidió que aguardara un momento. Salió de la sala y volvió un momento después acompañado de una mujer un poco más joven que él y vestida con una bata de laboratorio azul. La mujer y Aura intercambiaron murmullos en francés, así que no pude entender lo que decían, pero la mujer tenía una expresión animada y cordial. Cuando salimos, Aura se detuvo un momento con cara de asombro. Luego me dijo que la mujer recordaba a los ajolotes, que incluso llegó a decir que los extrañaba, pero que se los habían llevado años atrás y ahora se encontraban en el laboratorio de cierta universidad. Aura llevaba su abrigo de lana color gris carbón y una bufanda de lana blanca alrededor del cuello. Algunos mechones de su liso cabello negro enmarcaban en desorden la redondez de las mejillas suaves, enrojecidas como si las hubiera quemado el frío, aunque en realidad no hacía mucho frío. Unas cuantas lágrimas saladas, no un torrente, se desbordaron de sus ojos anegados y resbalaron por sus mejillas.

<<¿Quién llora por algo así?>>, recuerdo haber pensado. Besé las lágrimas y respiré ese calor salobre de Aura. Fuera lo que fuera aquello que tanto le afectó por la ausencia de los ajolotes, parecía parte del mismo misterio que el ajolote espera que el hombre revele, hacia el final del cuento de Cortázar, al escribir un cuento. Siempre tuve deseos de saber qué se sentía ser Aura.

El muy recomendado Di su nombre, de Francisco Goldman.

Pablo de Llano escribió sobre él con un titular de esos que enamoran: El dolor es un sándwich de ‘pastrami.

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