por carracuca

 No es grande: cuatro por cuatro apenas, y una ventana por la que entra una luz grumosa, celeste. El techo es alto. Las paredes, blancas sin mucho esmero. El cuarto -un departamento antiguo en pleno Once, un barrio comercial de la ciudad de Buenos Aires- es discreto: nadie llega aquí por equivocación. El piso de madera está cubierto por diarios, y, sobre los diarios, hay un suéter a rayas -roto-, un zapato retorcido como una lengua rígida, algunas medias. Todo lo demás son huesos. Tibias y fémures, vértebras y cráneos, pelvis, mandíbulas, los dientes, costillas en pedazos. Son las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre. Patricia Bernardi está parada en el vano de la puerta. Tiene los ojos grandes, el pelo corto. Toma un fémur lacio y lo apoya sobre su muslo.
-Los huesos de mujer son gráciles.
Y es verdad: los huesos de mujer son gráciles.

Leila Guerriero

 

 

 

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